
LOS LIBROS por JOSÉ ARISTÓNICO GARCÍA SÁNCHEZ
Nada parece haber en común entre estos dos personajes. Aunque ambos han recorrido toda la trayectoria del arco sociopolítico lo han hecho en direcciones antagónicas y hoy son epígonos de los dos bloques contrapuestos en que se divide la sociedad francesa. Esto y la fibra polemista que les distingue les condenaba irremisiblemente a encararse antes o después. Y lo han hecho ahora en un duelo dialéctico cuyo estrépito ha sido más tributario de la resonancia mediática que buscaban que del resultado intelectual de su polémica.
Michel Houellebecq, en cuya ascendencia hay fervores comunistas, ha terminado como exponente de una derecha rebelde y subversiva. No creció en un ambiente familiar cálido, sus padres se desentendieron pronto de él, y no hace mucho que su madre, a la que no ha conseguido odiar aunque lo ha intentado, escribió un libro sólo para vilipendiarle. No han sido sus poemas ni sus brillantes ensayos, han sido sus novelas, descaradas y provocadoras, las que le proporcionaron un éxito vertiginoso, especialmente la tercera, “Plataforma”, que inesperadamente le condujo de golpe al estrellato por la vía del escándalo. Sus provocaciones a los valores burgueses le valieron tacha de misógino, decadente, reaccionario, racista o pornógrafo, y la querella por injuria racial e incitación al odio religioso interpuesta contra él por algunas agrupaciones islámicas le consagró definitivamente como estrella mediática y exponente de una derecha negativista y reaccionaria, enfant terrible destructivo, o un anarquista de derechas, un conservador subversivo, lo que le indujo a exiliarse primero a Irlanda y luego a Cabo de Gata.
"Parecer rutas contradictorias y así es en cierto modo, lo que explica que a uno y a otro les hayan tachado de falsarios e impostores. Pero nadies les niega talento y gallardía para defender sus posiciones"
Bernard-Henri Lévy también ha recorrido todo el arco sociopolítico pero en sentido contrario. Nacido en Argelia en el seno de una familia francesa de ascendencia judía, criado en medio de la afectividad familiar, hijo de millonario y bon vivant, pulcro y acicalado -traje negro y camisa blanca Oxford le han bastado para figurar en los estándares estilistas de las revistas mundanas-, se declara descaradamente de izquierdas, miembro de la gauche divine, la izquierda-caviar según sus críticos, y se ha convertido en el epígono visible y más representativo del socialismo, más aún, de la intelectualidad francesa de izquierdas.
Parecen rutas contradictorias y así es en cierto modo, lo que explica que a uno y otro les hayan tachado de falsarios e impostores. Pero nadie les niega talento y gallardía para defender sus posiciones, por otro lado ni tan extremas ni tan contradictorias como su coincidencia en valerse de la resonancia mediática les induce a aparentar. Se veía venir, tenían que chocar, se decía… y el choque llegó. Lo han escenificado en un debate denso y de altura que se recoge en una obra titulada con intención "Enemigos públicos" (Anagrama 2010), y se articula en un intercambio de correos electrónicos entre ambos desde el 26 de enero al 11 de julio de 2008.
Son cartas magistrales, a veces agrias, siempre incisivas y cultas, llenas de ironía y mordacidad. Y réplicas chispeantes, provocadoras, salpicadas de pimienta intelectual. Ambos acechan al adversario calculando la respuesta, tratando de prevenir su réplica y calculando el nuevo ataque que le podrán contraponer. Es un match a distancia, una variedad de boxeo mental, una partida de ajedrez por correspondencia, una competición de inteligencias, con preguntas, respuestas, pasiones contrariadas, rechazos, luces ocultas o compartidas, virtuosismos y engaños. ¡Ah! Y omisiones en las preguntas y en las respuestas de las que a veces resulta cómplice el lector. Y silencios, también silencios, pues -así lo justifican- distingue más a un hombre, a fin de cuentas, lo que oculta que lo que cuenta, y quizá lo que no dice sea lo más interesante.
"Ambos acechan al adversario calculando la respuesta, tratando de prevenir su réplica y meditando el nuevo ataque que le podrán contraponer. Es una variedad de boxeo mental una competición de inteligencias"
Ambos son propensos a la duda, al escepticismo y al pasotismo. Pero no se mueven en terrenos tan opuestos. Confiesa Houellebecq en un correo que tiene la impresión de estar perforando un túnel sumido en la oscuridad y oyendo al adversario perforar en el otro lado, a unos pocos metros, esperando ambos el azar de un golpe de pico en una colada de silex, un deslumbramiento brusco. Era una polémica a propósito del retorno a la religión. Para Houellebecq, una religión atea centrada en un movimiento espiritual en pleno desarrollo compuesto de fundamentalismo ecologista mezclado en unos con un altermundismo izquierdista y en otros con una cursilería New Age, un ateísmo religioso y político compatible sin embargo con la ley moral, la ética y el derecho, a lo que Bernard-Henri Lévy contrapone, o mejor yuxtapone, su posición desjudeizada y laica, al tiempo que avisa de un mayor grito de alarma en el cristianismo que no deja alternativa, que en el judaísmo, que en el fondo no es una religión, como la sinagoga no es una casa de oración sino de reunión, ni la Torá es un ritual sino una constitución, y Lévy, como los buenos rabinos, prefiere para el judaísmo un ateo recto y consecuente que un necio que crea solo en la existencia del Único. El judaísmo, dice, es una aventura ética, una experiencia de vida, de lengua, de pensamiento y de arte, lo que no queda lejos de la religión atea como remanso de kantismo, razón universal, moral y ética racional que propone Houellebecq.
Política, filosofía, cultura, vida, intelectualidad, terrorismo, derechos humanos, democracia, literatura… Pocas cosas de interés escapan al análisis de estos dos pensadores. Y de nada serviría enumerar sus puntos de encuentro o sus desacuerdos. Su debate es el exponente de la preocupación filosófica de Francia y tal vez de toda Europa, y una vez expurgadas las posiciones y frases para la galería a las que ambos son tan propensos, la polémica alcanza el gálibo que corresponde a su acreditada intelectualidad. Interesa el análisis, el argumento, la demostración, no el resultado, siempre discutible.
"Su debate es el exponente de la preocupación filosófica de Francia y tal vez de toda Europa, y una vez expurgadas las posiciones y frases para la galería a las que ambos son tan propensos, la polémica alcanza el gálibo que corresponde a su acreditada intelectualidad"
No me resisto sin embargo a mencionar algún avance de los hallazgos de esta contienda. Solo por tachar de odiosa y casi insoportable esa frase anodina pero que tanto dice y que contiene todos los crímenes de que el fin justifique los medios, o por el desmontaje de esa otra frase detestable, atribuida a Goethe de preferir la injusticia al desorden, que tantas veces se ha utilizado para encubrir infamias, y que en nada se corresponde con el sentido con que fue pronunciada que fue justamente el contrario, merecería la pena el debate, pues -ambos coinciden- no hay orden que se sostenga cuando se alimenta de una injusticia. O por constatar por escrito el ocaso de valores otrora sacrosantos, como el patriotismo, desvanecido entre los franceses a partir de la Gran Guerra, en 1917, cuando estallaron las primeras insurrecciones contra los excesos que los gobiernos pedían a los ciudadanos (aunque paradójicamente luego encubre Houellebecq en esa desidia la derrota del 39 lo que deja al aire impulsos patrióticos). O el nacionalismo, también en decadencia, pues el desarrollo por una nación de un orgullo nacional exagerado es siempre signo de que no tiene mucho de que enorgullecerse.
También tienen enemigos comunes, la prensa y la crítica literaria por ejemplo, esa jauría que escribe con la mayor impunidad lo que se les pasa por la cabeza, sean ultraizquierdistas o de la rancia derecha, frente a los que, coinciden, es más prudente callarse, aunque con el consuelo de la vaga vergüenza que se siente siempre al justificarse ante personas a las que se desprecia.
No se mueven, pues, en terrenos tan distantes. A fin de cuentas no está tan lejos un anarquista de derechas de un socialista-caviar. Ambos hicieron un camino de retorno donde sus rutas se han cruzado inevitablemente, y ambos desarrollan un nihilismo crítico con origen en Nietzsche y Schopenhauer, ambos están vacunados con un análisis catalizador del 68, y ambos están más cerca de las posiciones rebeldes de Camus que de los anclajes doctrinarios de otras luminarias del firmamento francés del siglo pasado.
"Ambos hicieron un camino de retorno donde sus rutas se han cruzado inevitablemente, y ambos desarrollan un nihilismo crítico con origen en Nietzsche y Schopenhauer, ambos están vacunados con un análisis catalizador del 68, y ambos están más cerca de las posiciones rebeldes de Camus que de los anclajes doctrinarios de otras luminarias del firmamento francés del siglo pasado"
No tendría objeto apostar por el vencedor de este combate. No existe ni es posible que exista. Ni en filosofía ni en política hay dársenas para el pensamiento ni en el curso de los debates se llega a demasiados puertos seguros. Menos aún si se trata de dos combatientes con elevado componente de showmen que al debatir, aun con la profundidad intelectual de que hacen gala, miran demasiado -es su oficio- a la galería.